“No se trata de esconder la discapacidad, sino de aceptarla y seguir adelante”

Ruth junto a Constanza Otazua, el profe David Villar y Williams Altamira.

 

Por Carolina Magnalardo

“Tengo 30 años, soy cristiana, voy a la iglesia, estudio arquitectura en la Universidad, trabajo, juego al tenis, me gusta la música, toco el saxo y el piano. Ah, sí, me olvidaba, también estoy en silla de ruedas”. Así se presenta Ruth Vicente, jugadora de tenis adaptado de la Asociación Española de Neuquén, que desde los 17 convive con una discapacidad y a diario supera las barreras que nuestra sociedad pretende imponerle.

Hace dos años empezó a jugar al tenis, pero desde niña hace deporte. “Para mí es algo muy importante, porque me gusta y además es bueno para la salud”, remarca. Durante la adolescencia practicó natación en el CEF 1 y en la escuela secundaria también incursionó en el vóley.

“A los 17 me accidenté y quedé con una paraplejía que me dejó en silla de ruedas, pero aun así no dejé de hacer deporte. Seguí con natación y siempre que puedo aprovecho para jugar con amigos al vóley. Al tiempo que me accidenté me enteré que existía el tenis adaptado y vi algún video, como así también de básquet en silla y algunos otros deportes adaptados. A los 28 quise cambiar natación por otra cosa, y me acordé del tenis. Una amiga me contactó con el profesor David Villar. Casualmente él había hecho hace mucho tiempo un curso sobre tenis adaptado, pero acá en Neuquén no había nadie que lo jugara, así que ahí quedó. Inmediatamente comenzamos a entrenar juntos. Yo nunca había jugado y había visto muy poco tenis, así que no tenía idea de nada. Empezamos con la silla de paseo, la que uso todos los días, en una cancha de vóley con redes de mini-tenis”, recuerda con alegría la neuquina que hace algunas semanas fue distinguida por el Concejo Deliberante de Neuquén como una de las jóvenes destacadas de la ciudad.

Los entrenamientos son dos veces por semana en la Española. “Antes de jugar, hay que precalentar haciendo estiramientos con una banda de goma, luego un par de vueltas por la cancha y ahí es el turno de ejercicios de manejo de silla sin raqueta y sin pelota. Repasamos los gestos y vemos movilidad. Seguimos con algunos ejercicios de frontón, practicando los golpes para mejorar la técnica. Después, ejercicios en cancha, tratando de apuntar a algunos conos para mejorar técnica y precisión. Más tarde peloteo continuado y, para terminar, algo de saque. Siempre repasando los gestos despacio para fijar bien el movimiento. Mi entrenador, David, es un auténtico perfeccionista, tiene mucha paciencia y explica todas las veces que necesitamos y de distintas maneras, nos marca los movimientos para que los golpes salgan lo mejor posible”.

En 2017 incursionó en el básquet en silla, con las profesoras Antonella Benítez y Gisela Guerra, que la contactaron por Facebook. “Tampoco había jugado al básquet, y estuvo muy bueno participar. Pero me da miedo chocarme con algún compañero y caerme. Este año no seguí pero la experiencia y sobre todo la gente que conocí fue muy enriquecedora. También me gusta el vóley. Siempre que puedo, peloteo en ronda. Tengo pendiente jugar alguna vez al vóley sentado, que no se si hay equipo en Neuquén, aunque solo sería por diversión. Me gusta probar deportes nuevos, así que tengo varios en la lista de pendientes: buceo, canotaje, arquería, me gustaría hacer paintball alguna vez y lo que venga, jajaja. De nuevo, sólo por diversión, pero para competir y seguir entrenando me quedo con el tenis”.

Una silla de tenis tiene las ruedas traseras inclinadas para dar mayor estabilidad y velocidad en los giros. Además cuenta con una rueda antivuelco (que no está constantemente apoyada, sino un poco más levantada que las delanteras). El respaldo es más bajo, dependiendo de la lesión del jugador, e incluye cintas para ajustar las piernas y la cadera a la silla, que se considera parte del jugador. Para mantenerlas en buenas condiciones, Ruth indica que hay que limpiarlas periódicamente y tener cámaras de repuesto por si se pincha.

Obtener una de esas sillas no es sencillo, por su elevado costo. Una básica, de caño (no aluminio ni titanio, y no a medida, porque esas son más caras) cuesta unos 40.000 pesos. Si se pide una silla con características puntuales para un jugador el respaldo puede ser más alto o bajo dependiendo del control de tronco del tenista, medidas y otras necesidades específicas.

Ruth participó en septiembre del primer encuentro nacional de escuelas de tenis adaptado, organizado por la AATA (Asociación Argentina de Tenis Adaptado) en el ENARD (Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo). Ahí conoció a Agustín Ledesma, Ezequiel Casco, Florencia Moreno y Nicole Dhers, entre otros. “Todos practican desde niños, pero Florencia comenzó a los 25 años a jugar tenis, y como le iba bien, le insistieron para que se dedique de lleno, y hoy es número 16 en el ranking mundial”, detalla.

Si bien no lo conoció personalmente, el actual número 3 del mundo en tenis adaptado, el argentino Gustavo Fernández, es un deportista al que Ruth le sigue de cerca la carrera, a través de las redes sociales y medios de comunicación, mientras ella se prepara para participar de su primera competencia internacional en 2019 en el Cañuelas Open, que este año contó con la presencia de 50 jugadores de Argentina y Latinoamérica.

En su viaje Capital Federal se enteró de que está permitido que un jugador de tenis adaptado participe en un torneo convencional, lo que le abre las puertas para competir en certámenes que suman puntaje para el ranking, ya que no hay muchos de tenis adaptado. En ese caso, al jugador en silla se le aplican las reglas del tenis adaptado, es decir, se le permiten dos piques de la pelota, y al jugador parado se le permite un solo pique.

“La única diferencia es que la pelota puede picar dos veces para el jugador en silla. La primera vez tiene que ser dentro de la cancha (en el cuadrante que corresponda en caso de saque) y la segunda vez puede ser fuera de la cancha. Pero no es necesario dejarla picar dos veces. Al jugador parado se le permite un solo pique. Eso es algo que me gusta mucho del tenis adaptado, porque lo veo muy inclusivo en ese sentido, uno puede jugar tranquilamente en silla contra alguien parado, porque es la misma cancha, pelota, raqueta, reglas, formas de contar los puntos, etc. Y no hace falta formar un equipo y que tengan todos sillas, que son difíciles de conseguir. Si querés jugar contra cualquiera, podés. En otros deportes por ahí se hace más complicada la adaptación o la inclusión en ese sentido”, observa.

Para ella su semana comienza el domingo en la iglesia. Generalmente en el coro o en el proyector, pasando letras de canciones, videos y anuncios. A la tarde estudia o se despeja mirando alguna serie. De lunes a viernes trabaja hasta las 14 en el Poder Judicial, donde comenzó hace poco.

“Los lunes voy a casa a comer y enseguida arranco para la facu porque entro a las 15:30. Los martes tengo entrenamiento y después una mini reunión con chicas de la iglesia. Miércoles y jueves entro a las 19 a la facultad. Viernes, entrenamiento de nuevo. A la noche, reunión de jóvenes y me junto con amigos. Los sábados suelo estudiar a la mañana y a la tarde tengo ensayo de coro en la iglesia. A la noche depende de la facultad… si estoy complicada me quedo dibujando, si no, salgo o veo algo de tele”.

 

Siempre fue una apasionada de los deportes y empezó a practicar tenis hace dos años.

-¿Alguna vez te sentiste discriminada por tu discapacidad?

– Puff… te la voy a hacer corta: sí.

-¿Qué le dirías a los jóvenes con y sin discpacidad?

– A los jóvenes que tienen discapacidad les diría que se animen a salir, a hacer deporte, a estudiar una carrera, a prepararse para un trabajo. ¿Tenemos discapacidad? Sí, tenemos. ¿Tenemos limitaciones? Sí, aunque no nos guste, tenemos que aceptar que tenemos limitaciones. Pero no por eso nos vamos a quedar encerrados en casa. Tenemos -me incluyo, porque todavía me cuesta aunque hace 13 años que me accidenté- que salir sin miedo a las dificultades que podamos encontrar en el camino. Porque si no salimos y nos hacemos ver, y no pedimos que nos corran el auto mal estacionado frente a una rampa, ese conductor va a seguir estacionando frente a la rampa. Y van a seguir apareciendo rampas imposibles de subir o baños inaccesibles,  porque solo los hacen por cumplir una normativa, y no pensando en el que de verdad necesita la rampa o el baño accesible.

-No hay que rendirse…

– Tal cual. Si querés estudiar algo, hacelo. Si querés practicar un deporte y no sabés donde lo enseñan, buscá en internet, hacé una campaña, no se… ¡algo! Pero no te quedes donde estás preguntándote qué podría haber pasado o con el deseo de lograr algo pero sin decírselo ni siquiera a tu sombra porque siempre te dijeron que no, que te quedaras quieto porque vos no podías.

– Y entonces qué les dirías

– A todos los jóvenes en general, que aprovechen el tiempo, que estudien lo que les gusta. Que planifiquen a donde quieren ir, que piensen dentro de 5 o 10 años donde quieren estar y que vayan para allá, que busquen la manera. Que sean equilibrados, pasen tiempo con su familia, diviértanse, sean responsables, porque como dice mi libro favorito, la Biblia, ‘hay un tiempo para todo’ y ‘sean entendidos en los tiempos’. Las cosas que valen la pena se consiguen con esfuerzo, perseverancia, honestidad y principios. Además les diría que se animen a contactarse con alguna persona con discapacidad, porque se van a sorprender. Es impresionante la capacidad de adaptación que tenemos los seres humanos, y la creatividad para hacer las cosas de diferentes maneras. A veces subestimamos a la gente con discapacidad y los dejamos de lado porque pensamos que no van a poder o querer hacer algo, cuando en realidad nos estamos perdiendo de mucho.

-¿Con qué te sorprendés?

– El contactar con alguien con discapacidad te ayuda a reconectar con tu humanidad, muchas veces perdida entre tantas pantallas. Te hace ver cuáles son las cosas importantes y revalorarlas. Podés parar un poco y pensar ‘mirá por lo que me estoy quejando, cuando hay gente a la que le falta muchas más cosas, pero aun así son felices’.

– ¿Para vos qué es la discapacidad?

– Es una realidad más. Trato de no darle mucha importancia al hecho de la discapacidad en sí. Si tengo que ir a estudiar, jugar tenis, ir a la iglesia, aunque sea en la silla de ruedas, voy a ir y no me voy a quedar solo porque estoy en una silla de ruedas. Por otro lado, me causa mucha curiosidad saber dónde está el 10 % de la población que supuestamente tiene discapacidad en Argentina, porque salgo y no lo veo, no los encuentro por ningún lado. Sí hay algunos, pero los que me cruzo son siempre los mismos. Hay gente que nos estamos perdiendo, que vive con miedo o que le cuesta mucho salir porque es muy difícil. Es como un círculo vicioso: la gente con discapacidad no sale porque cuesta mucho andar por la ciudad con una silla de ruedas (o con bastones, o tenga la discapacidad que tenga) tanto por las barreras físicas como por el desconocimiento de los demás. Se ha avanzado bastante, pero todavía queda mucho por hacer; y el círculo sigue con que la gente que no tiene idea de cómo es la discapacidad y sigue sin saberlo porque nunca conoció a nadie con discapacidad. Entonces los padres siguen apartando a sus hijos sin explicarles, porque ellos tampoco saben, y cuando uno ve eso no le dan muchas ganas de salir, y volvemos al principio del círculo. Y es una lástima, porque nos perdemos un aporte a la sociedad por parte de ellos. Ahí estamos fallando, porque no los estamos incluyendo. Pero creo que todavía estamos a tiempo de cambiar y mirar un poco al otro. No tratar de esconder la discapacidad, sino aceptarla y de ahí seguir adelante.

 

 

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